Pain

Este fin de semana ha habido explosión nuclear en mi cabeza; no ha sido al azar, siempre que mezclo ciertos ingredientes consigo idas de olla del estilo xD

Llevaba tiempo dándole vueltas al tema de cómo podría haber sido la primera vez de Sam y Dean, en el marco del wincest, y las únicas conclusiones a las que llegaba eran que bien había ocurrido por accidente, o bien en alguna situación límite (dolor, cercanía a la muerte, sacrificio… estas cosas que hacen nuestros chicos). Lo que ha salido es una mezcla de ambas, accidente y dolor (diría que mucho dolor xD. Lo siento de antemano por eso). La acción parte de una escena muy concreta de la serie, una que siempre me ha parecido maestra por la cantidad de información que da de los dos con tan pocas palabras. Dejo el fic y el vídeo de la escena en cuestión.

Los personajes ni nada de la serie me pertenecen (I wish!).

Avisos: spoilers hasta el 2×02; wincest (slash, sexo entre dos tíos, sexo entre hermanos); también aviso de que no es bonito, más bien todo lo contrario.


Pain

Sam se dio la vuelta y juró con rabia, mientras comenzaba a alejarse de allí. Las lágrimas que a duras penas había contenido antes empezaron a resbalar por su mejilla y se las limpió de un manotazo, apretando el paso hacia la casa de Bobby. Necesitaba beber algo para hacer bajar la pelota que tenía en la garganta. De repente, necesitaba estar solo. Su hermano tenía razón. Tenía que empezar a ser más práctico; centrarse en las cosas que tenían solución. Ignorar las demás.

Joder, estaban a un abismo de distancia.

Respiró hondo cuando llegó a la cocina y fue hasta la pila para llenarse un vaso de agua. Aquella especie de antro con encanto donde habían pasado temporadas de su infancia siempre le había parecido acogedor en un cierto y retorcido sentido, pero en ese momento Sam sólo quería escapar de su propia piel. Algo le escarbaba la carne y si lo dejaba avanzar terminaría dejándolo vacío. Dos días intentando recuperar lo que una vez despreció; demasiado tarde. Dos días pretendiendo ser lo que debería haber sido desde el principio. Un buen cazador. Cumpliendo como un soldadito y pensando que así borraría el reguero de lava que la culpabilidad sellaba en él.

Dos días intentando conseguir algo, rogando por una migaja de Dean.

Dos días de silencio.

«Me siento culpable como el demonio».

Dos días desde que habían quemado a su padre, un funeral de cazador.

Acababa de soltar toda su mierda sobre su hermano, una explosión controlada. A baja presión. Dean le había escuchado, pero desde que había puesto sus ojos sobre él había tenido la certeza de que tampoco iba a conseguir nada así. «Yo estoy mal. Pero tú, también». Apretó los puños, conteniendo de nuevo la rabia, el dolor, hasta que pensó que el vaso se haría trizas en su mano.

Entonces escuchó el primer estallido. Un golpe seco, un cristal haciéndose añicos. Soltó el vaso e instintivamente buscó un arma. Luego siguieron los golpes. Metal contra metal.

Y después, los gruñidos.

Y antes de asomarse a la ventana lo supo. Había presionado demasiado.

Dean se deshacía a golpes contra su coche. El mismo que había estado reparando minuciosamente, en el que se había refugiado, recibía ahora toda su ira y su frustración. Los alaridos de un animal herido como banda sonora. Sam permaneció como una estaca, absorbiendo cada hebra de los sentimientos de su hermano, sólo el movimiento de su pecho que subía y bajaba con respiraciones ásperas, cada vez más deprisa. Cuando Dean pareció quedarse sin fuerzas, soltó la vara de hierro y ésta cayó al suelo como si fuera plomo. Le daba la espalda, pero Sam sabía que estaban respirando al mismo tiempo. Atrapados en la misma tela de araña. Después Dean se llevó los talones de sus manos a los ojos y Sam maldijo. Maldijo en voz baja y dura. A las estrellas, a Ojos Amarillos, al Universo.

Y a Dean.

Maldito fuera por dejarlo fuera. Por dejarlo solo. Maldito por no mirarle, por no verle, por no querer…

La puerta se abrió de par en par, golpeando la pared con fuerza, y Dean entró como si fuera un huracán en la habitación, los puños apretados a cada lado, el ceño fruncido, los ojos rojos, directo hacia él. Lo cogió de la pechera antes de que Sam pudiera siquiera pensar y lo llevó hacia atrás con toda su fuerza bruta, estampando su espalda contra la pared. El golpe resonó con potencia y algo se rompió en el interior de su pecho, enviando ecos como oleadas a cada extremo de su cuerpo, la energía crepitando, crispando sus nervios. Sus rostros estaban muy cerca, sus pechos casi se tocaban con cada respiración. Los ojos de Dean se abrieron, el ceño fruncido, y Sam se percató de que más lágrimas estaban quemando sus mejillas y ni siquiera se había dado cuenta. Las manos de su hermano se retorcieron sobre su camiseta y volvió a golpearlo contra la pared en un mensaje que quizá ninguno de los dos comprendía; y no importaba.

La caja de Pandora se abrió con ese segundo golpe.

Probablemente Dean venía buscando pelea. Ese fue el fugaz pensamiento que cruzó su mente antes de lanzarse hacia adelante como un tren de carga, con toda la impotencia y la ira que había ido acumulando y que por fin habían explotado en su pecho. Con todo lo que era aterrizó en los labios de Dean para beber de él aunque acabara envenenado. Besó y luego mordió y Dean retorció aún más la tela entre sus dedos, antes de soltarla y cogerle a cada lado de la mandíbula, exigiéndole con su boca. El sabor de la sangre impregnó sus lenguas mientras se besaban con las bocas abiertas, sin ningún tipo de contención, en la jodida cocina de Bobby. El silencio absorbía cada respiración rasgada y mientras Sam se ponía duro como el acero sabía que habría un precio, que los dos pagarían por aquello, pero mierda si podía parar ahora que tenía a Dean consigo. Ahora que cada jadeo roto que surgía de su garganta le golpeaba dentro, terminando de quebrarlo. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Sus manos se colaron bajo la camiseta de Dean y el estómago de éste onduló ante el contacto; sus dedos recorrían piel ardiendo sobre músculos que se tensaban a su paso. Solo quería estar cerca, más cerca. El pulso de Dean era como la carrera de un pura sangre desbocado y por alguna razón, sentir aquello le hizo detenerse. Empujó a la mole de su hermano. Se estaban haciendo daño.

—Dean… —Una brizna de cordura.

Dolía. Las manos tocaban y agarraban con fuerza, empujaban y atraían. Dean lo estampó de nuevo contra la pared, una vez. Y otra vez, más fuerte. Y cuando Sam hizo una mueca de dolor, Dean pasó sus pulgares secando sus mejillas como una pluma; luego se pegó a su boca, todo labios y lengua, un camino de fuego por su mandíbula, por su cuello hasta el lugar donde el pulso latía trastornado. La polla de Sam se sacudió en sus pantalones y ahogó un rugido contra el hombro de Dean mientras las caderas de los dos se movían erráticamente, bragueta contra bragueta. «¿Esto es lo que hace falta, Dean?» Mordió sobre la tela polvorienta hasta que escuchó a su hermano quejarse y luego soltó y volvió a buscar su boca. Sus manos fueron directas e hizo saltar la abotonadura de un tirón. Las caderas de Dean se hicieron hacia adelante.

—¿Esto es? ¿Es esto lo que querías, Sam? Joder…

Sam lo empujó de repente, intercambiando posiciones y estampó el puño contra la pared, enrabietado, excitado, furioso.

Bajó la cabeza hasta la de su hermano. Muy cerca, la respiración errática.

—Cállat…

No terminó la palabra, Dean le cortó, besándole como si estuviera castigándolo de algún modo y a Sam le ardía la boca y le ardía el pecho. Le ardía la polla. Al segundo siguiente estaba masturbando a su hermano, echándole en cara lo que él también quería. Si Dean lo quería sin palabras, sin palabras. Porque estaba tan duro como Sam, porque la punta de su polla estaba mojada. Porque en esos momentos tenía la cabeza echada hacia atrás y los ojos y la boca apretados como si no pudiera soportarlo. Y Sam sentía que sí, que eso era mejor que nada, mejor que sentirse solo cuando tu padre ha muerto, mejor que hacer el idiota pretendiendo que lo tienes superado. Mejor que sentir que te arrancan la piel a tiras cuando tu hermano grita de dolor mientras destroza el maletero del coche a golpes. Dean bajó la cabeza y le besó mientras metía la mano en su bragueta y luego echaba las caderas hacia adelante, buscando el roce. Y era bueno, ardía y dolía y era bueno perderse en ese daño que iba creciendo hacia el placer. Sam también estaba mojado y todo estaba mal, pero al menos Dean estaba allí, mirando directamente el dolor en su mirada, las lágrimas contenidas.

Sammy…

Sam le dio la vuelta. Lo intentó, y Dean lo miró con el ceño fruncido, y Sam esperó respirando en su cuello, controlando todo lo que pujaba por salir. Apretó los dientes, conteniendo, sólo esperó en un instante que se estiraba en el tiempo. Maldijo, sin soltar la mano que apoyaba en el hombro de Dean y éste también maldijo cuando sintió la presión.

Dean se dio la vuelta y Sam no sabía lo que hacía. Todo detonó, se volvió rápido y explosivo. El primer gemido que Dean le dejó escuchar cuando pegó su polla a su culo y, diosss, el deseo en oleadas que partían de ellos ocupándolo todo, retroalimentándolos. El epicentro de aquel puto terremoto. Una simbiosis perfecta, la mentira de una realidad alternativa. Dean jadeaba con fuerza, su cuerpo de guerrero quemándole el pecho, las ingles, mientras se apuntalaba contra la pared y Sam perdía sus manos sobre sus músculos. La polla le palpitaba encajada entre los glúteos de Dean y buscó la de su hermano, mientras respiraba como un animal agónico contra su espalda, besando su nuca, mordiendo su hombro, arrancando gemidos de Dean con cada pasada sobre su sexo grueso. Y él empujó sus caderas contra su mano, su culo contra su sexo, masturbándolo, y Sam creyó que iba a volverse loco. La siguiente vez que Dean se movió contra él, Sam apoyó la mano contra la pared, junto a la de su hermano, y entró en él de una sola embestida, lenta, larga, profunda. Los dientes apretados, el placer desbordando en vaso, la respiración contenida. El gruñido de Dean le llegó distorsionado, lejano. Se retiró y entró de nuevo, adicto a la sensación, sumergido en el mar. Y volvió a hacerlo con fuerza, rápido, eficaz, todos los sentidos embotados, buscando aquella analgesia, guiándose por la rabia y por el placer. Sam se perdió en aquello, absorbiendo el placer, lamiendo a su hermano, amarrándose a él, los ojos cerrados y húmedos, todo el cuerpo en tensión, mientras escalaba la cima mezclando jadeos y sollozos, y cuando estaba a punto de conseguir la cumbre, el sonido se coló velado en su cerebro…

—¡¡Sam!! ¡¡¡Saaaaammmm!!!

Abrió los ojos, frenó en seco. Estaba fuera de sí, el aire quemándole los pulmones, palpitando como un loco rodeado de fuego.

«Te he dicho que no estaba bien. En absoluto.»

Dean jadeaba y soltó un quejido. Sam lo acarició, besó su nuca mientras movía su mano sobre su sexo, acarició la punta y volvió a bajar, esparciendo la humedad. No sabía qué más hacer y cuando sollozó un «lo siento» cerca de su oído sin dejar de tocarlo, Dean se contrajo con fuerza, dentro de su mano, alrededor de su polla. Sam sintió cada pulso con dolorosa precisión mientras lo acariciaba e intentó no perder el ritmo cuando empezó a correrse él también. Se movió dentro de Dean, empujando su polla todo lo profundo que podía y siguió acariciándolo como pudo, mezclando el placer y el dolor en una ponzoña analgésica, mientras su hermano los sujetaba a los dos.

El blanco cegador fue remitiendo poco a poco. Sam abrió los ojos con dolorosa conciencia. Lo primero que registró fue que la camiseta de Dean estaba mojada por sus lágrimas. Tenían la respiración completamente desacompasada ambos y ese sonido rajaba el silencio de aquella vieja cocina. Dean seguía apoyándose con una mano en una pared cuyo blanco se había roto hacía tiempo, la otra mano aguantando la postura sobre una de sus rodillas. Los pantalones de ambos en los tobillos, rozando el suelo. Como el ánimo de Sam. Y apostaba a que el de Dean. Apoyó una mano sobre la espalda de su hermano y salió de él, despacio. Dean soltó el aire, pero no emitió ningún otro sonido. En el mismo movimiento con el que se incorporaba, se subió los vaqueros y Sam le imitó. La cara le ardía y los ojos le picaban. Dean fue hasta la bancada de la cocina sin abrir la boca, cogió el rollo de papel secante y se puso a limpiar el desaguisado con la misma eficacia y dedicación que había empleado en arreglar el Impala.

Cuyo maletero había destrozado después por su culpa.

Sam cogió un paño y lo mojó en la pila. Cuando su hermano terminó de recoger el pringue blanco, Sam limpió la superficie y el suelo. Ocuparse de las cosas que tienen solución.

Y nunca hablar de lo ocurrido.

Dean abandonó la cocina sin una palabra. Ni una mirada desde que habían terminado de joder como dos posesos. Y cuando estuvo solo, Sam golpeó la pared con todas sus fuerzas. Dejó una marca carmesí en el blanco y los nudillos le crujieron, pero podía seguir moviendo la mano, así que descargó de nuevo. Y otra vez. Miró la mancha y recogió el paño húmedo.

Cuando terminó, se llevó el trapo consigo para quemarlo.

Minutos más tarde, Sam se miraba en el espejo del aseo, con el puño contra la boca. Quería llorar. Maldito fuera. Más lágrimas haciendo brillar sus ojos hinchados y rodeados de cortes. Logró contenerlas, hacerlas retroceder. Se las tragó. Las hizo desaparecer y volvió a mirarse. No había orgullo por la hazaña.

Un segundo después estaba vomitando en el retrete lo poco que había comido en las últimas veinticuatro horas. Al siguiente, estaba bajo el chorro de la ducha. Los sonidos se mezclaban en su cabeza. Los golpes metálicos y los alaridos de Dean; Dean gritándole porque había perdido el maldito juicio mientras se enterraba en su culo como un salvaje. Dean gimiendo su nombre mientras se corría en voz tan baja, «Sammy, Sammy…», que seguramente pensaría que no le había oído.

Mientras dejaba que el líquido se lo llevara todo, se prometió no volver a presionarle. Nunca. Se prometió no volver a romper ninguna de las reglas de los Winchesters.

Y allí, en la ducha, podía llorar porque todo era agua.

separador

Dean pasó de largo por al lado del Impala, directo al garaje de Bobby y se escondió allí hasta que la luz de la tarde cayó y luego se extinguió. Permaneció a oscuras, primero moviéndose como un tigre enjaulado, con la cara anegada de lágrimas y maldiciendo en voz tan baja que aquello no le procuraba ninguna retribución.

Era un puto desastre.

Eso lo sabía. Sabía que no estaba llevando bien la muerte de su padre. Sabía que cada palabra que su hermano le había echado en la cara durante los dos últimos días era cierta, pero con un Sam igual de mentiroso que él podía sobrellevarlo. Podían dedicarse a decirse mentiras uno al otro y a encararse mientras pasaban las horas, los días. Mientras se alejaban de aquella hoguera donde John Winchester había desaparecido para siempre.

Pero no.

Maldito seas, Sam.

Sam se había presentado ante él con toda su verdad desnuda. Con todos sus pecados y sintiéndose como un jodido estercolero, la voz rota, los ojos vidriosos. Rogando por algo que esa vez no sabía si podría darle.

Dean nunca había visto esa necesidad en su mirada. Y él era quien le cuidaba. Siempre. La voz con la que Sam le había hablado todavía resonaba en su piel, las pocas palabras que había dicho, reconociendo que se sentía culpable, que lo que estaba haciendo ahora era poco y llegaba demasiado tarde… «Sam. Sammy, es más fácil huir.»

¿Cómo podía haberle fallado tan estrepitosamente en eso?

Ah, sí. Claro. Porque se perdió la clase de cómo lidiar con las emociones de los Winchester. En lugar de eso, acudió a la clase de cómo follarte a tu hermano. O dejarte follar. Lo que sea.

Todo. Todo aquello mientras no podía pensar. Su padre muerto. Por su culpa, sospechaba. Y el grito. El puto grito en su cabeza. «Cuida de él. Y si no puedes salvarlo…»

Estrelló la bota contra una pila de cajas de madera en las que a saber qué guardaba Bobby. Probablemente, ingredientes para mil hechizos. Y cuando cayeron con estruendo al suelo, siguió pateándolas. Como con el maldito Impala. Qué importaba ya nada…

Muchas horas después entraba en la casa más agotado que nunca. Hacía rato que había escuchado la camioneta de Bobby y esperaba, por todos los dioses, que no estuviera todavía despierto. Se coló sin encender las luces, con el mayor sigilo de que era capaz. ¿Y desde cuándo tenía él suerte?

—Pensaba que no ibas a volver esta noche. ¿Dónde estabas?

Resopló.

—¿Ahora tengo toque de queda, Bobby?

El hombre le miró un instante, probablemente acusando sus ojeras, su ojos hinchados. Probablemente comprendiendo que estaba de luto. Recordando que todos los estaban.

—No. Sólo estaba preocupado.

—Sé cuidarme.

—Lo sé.

Dudó antes de preguntar.

—¿Y Sam?

—Durmiendo, supongo. Se ha acostado hace rato. Ese chico está exhausto. —Le pasó el escáner, de arriba a abajo—. Y tú deberías hacer lo mismo. Unos días libres no os harán mal.

Dean negó.

—Necesito trabajar.

—¿Qué le ha pasado al Impala?

—Me volví loco.

Bajo la gorra, Bobby asintió.

—Mañana necesitaré ayuda. Hay un caso, un zombie que tengo identificado, pero nadie sabe dónde fue enterrado, dónde está su ataúd.

—Me tienes.

—Saldremos temprano.

—Vale.

Se dio una ducha rápida y fue a la habitación en la que se estaban quedando Sam y él. Esperaba de corazón que no estuviera despierto, pero si lo estaba, ahora podía enfrentarse a aquello mejor que hacía unas horas. Su hermano estaba durmiendo boca abajo sobre su catre, ocupando prácticamente toda la superficie del mismo. Era enorme pero su cara, con el pelo demasiado largo y revuelto sobre la frente, parecía la de un niño. Un niño perdido, como esa tarde. Un crío con un ojo amoratado y la piel cubierta de cortes. Apenas se le oía respirar y eso daba fe de que estaba tan exhausto como él.

Dean se pasó las manos por la cara.

Ahora que Sam no le miraba con esos ojos que parecían saberlo todo se podía permitir pensarlo. Recordar aquella noche de Cuatro de Julio sin fuegos artificiales, pero con whisky. Aquella noche, perdida  en el tiempo, Dean se había hecho promesas. Desde aquella noche no había vuelto a probar los labios de Sam. No hasta hoy. Y hoy había sido mucho, mucho… mucho peor. Parecía como si hubiera tenido que desaparecer su padre del mapa para que se abrieran las compuertas.

Y Dean quería pedir perdón.

Quería pedirle perdón a John Winchester, porque sentado allí en silencio y en penumbra supo que no iba a hacerlo. De ninguna manera. No importaba lo que ocurriera o cómo se sucedieran los acontecimientos, no iba a matar a Sam.

Antes se moriría él mismo.

Mary

Me gusta el personaje de Mary.

No me gusta que hayan traído de vuelta a Mary.

Me gusta Mary como la madre cariñosa que Dean recuerda, como la madre que Sam debería querer pero que en realidad no conoce.

Me gusta la Mary que fue una badass como cazadora, pero que dejó ese mundo para formar una familia y criar a sus hijos. Me gusta pensar en ella como esa persona que probablemente odiaba la caza; como esa madre que seguramente habría odiado que sus hijos hubieran sido criados en ese mundo huraño. Me gusta que todo ello quede en el imaginario (no necesitaba una confirmación).

Me gusta Mary como el motor que lo inició todo. Como ese ente casi supernatural e idealizado que los chicos tienen siempre en sus corazones.

¿De quién ha sido la feliz idea de traerla de vuelta? ¿Qué van a hacer ahora con ella? ¿Y qué van a hacer los chicos con ella?

The dark inside me

Hace mucho que no escribo. O, al menos, que no escribo como me gustaría. Es decir, estoy oxidada del copón. Aun así, estos me salen por los poros. Mal o bien. Hay doscientos millones de ideas rebotando en mi cabeza y no puedo sacarlas conforme aparecen —ojalá—, porque me dedico a… ver serie xD Esta en concreto es muy muy corta, es de cuando los chicos se reencuentran después de Stanford y la escribí en ese entonces (es decir, no tenía ni idea de la que iba a caer luego).

Edito (14/10/2016): siempre he jugado en mi mente con la idea de que Sam nunca se ha sentido del todo limpio, que incluso cuando todavía no sabía nada al respecto, sentía la sangre de demonio en su interior (ese pulso oscuro). Tengo que reconocer que cuando Sam lo admite al final de la temporada 8… fue… fue…, bueno, algun@s lo entenderéis. #Chute xD


The dark inside me

Tres días después…

—Eh, Sam, nos vamos.

Sam, sentado sobre el borde de la cama de uno de esos moteles que no pisaba desde que se separaron. La pesadilla serpenteaba como una culebra todavía en él, pero Dean salía del aseo ya vestido y no se había percatado de su triunfal despertar. Sólo lo había visto allí, sentado sobre la colcha desgastada ya con los ojos abiertos. No le pasaba desapercibido que le había dejado dormir. Llevaba tres días haciéndolo, desde que habían abandonado Standford. También sabía que Dean estaba al tanto de sus pesadillas aunque no dijera nada. Una noche se había despertado a mitad de noche con él en su cama. Por la mañana su hermano ya se había levantado y no había mencionado el tema. Mejor. Sam no quería hablar de eso. No importaba que Dean pensara que durmiendo estaba mejor que despierto cuando era exactamente al revés.

—Dame dos minutos. —Su voz salió pastosa.

—Claro.

Suponía que tenían marcado el rumbo de ese día, otra muerte, otro esperpento; Dean se puso a recargar las recortadas mecánicamente sobre el aparador, con una familiaridad que ahora le ponía los pelos de punta. Se encerró en el baño y se echó un puñado de agua helada a la cara. El espejo desvencijado de la pared le devolvió su realidad. Sam nunca había sido un universitario más, un chico normal cuya mayor preocupación era sacar la mejor nota para convertirse en un abogado ejemplar. Nadie que lo conociera de verdad se habría creído ese cuento ni siquiera en el tiempo en que sus ojos brillaban. Los ojos del espejo estaban vacíos. Él se había creído ese cuento. Incluso cuando había estado tan asustado por las pesadillas sobre Jess. Con la luz del día, había sonreído y había renegado.

Y aquí estaban, una vez más.

Sam miraba a ese tipo del espejo haciendo su mejor esfuerzo por controlar el avance de la bilis y aquel se la devolvía con la determinación gravitando en el vacío de sus ojos. Resignado. Decidido. Inspiró una vez más para aplacar los vestigios de la pesadilla y devolver un ritmo normal al latido de su corazón; para lanzar al estercolero los restos que permanecían en él como despojos de su intento de vida feliz. El pulso, uno mucho más profundo y poderoso que el de su sangre. Familiar. Uno que había conseguido ignorar en algún momento de los últimos cuatro años. Uno que comenzaba en su pecho, pero no terminaba ahí como el de su corazón. El pulso negro y lento que reverberaba, pesado, hasta tocar la última fibra de su ser, seguía allí mismo. Dándole la fuerza. Siempre. Era su centro. Ese pulso negro… era él.

Dos golpes en la madera de la puerta y la voz de Dean rompiendo el pensamiento.

—Sam, deja las guarrerías para después. Tenemos que irnos.

Se tiró otro puñado de agua fría a la cara. Y otro. La voz de su hermano tiró de él. «No estás solo, Sammy».

Supernaturalizada y slash-fan

“There are Sam-girls and Dean-girls and… what’s a slash fan?”

“As in… Sam-slash-Dean. Together”.

“Like… together together?”

Yeah“.

“They do know we’re brothers, right?”

“It doesn’t seem to matter”.

“Oh, c’mon. That… that’s just sick”.

(SPN, 4×18)

Había oído hablar de Supernatural y un día alguien me dijo que era urgente que la viera.

Llevo poco tiempo —demasiado poco, en realidad, si tengo en cuenta que llevo casi cien episodios a las espaldas (eso debería significar MESES)— y estoy completamente e irrevocablemente supernaturalizada. Soy una Sam-girl, pero por encima de todo, una slash-fan (por utilizar los términos de Dean). Tengo que reconocer que llevaba algún año siguiendo a Jensen sin ver la serie y todo lo que no fuera él ni siquiera llamaba mi atención. Puede que fuera por eso, porque a Dean ya lo traía puesto de casa, porque cuando empecé, quien me puso de rodillas fue Sam. Oh, Sam, Sammy, Sam… Ni siquiera puedo empezar a explicarlo. Quizá sea por cómo suena su nombre en boca de Dean, quizá porque es un tío listo y muy alto, quizá porque me gusta ver al chico bueno matando… No sé. No lo sé. Y tampoco pretendo buscarme una explicación racional, porque soy mayorcita y me conozco y sé que cuando me dan estos aires, de racional hay menos que nada. Así que, aceptémoslo, yo esperaba mucho Dean, pero fue Sam quien me cogió de la mano y me llevó a través de los capítulos y he sufrido como una miserable. Yo no lloro. Tengo en alta estima las dos o tres cosas que me han hecho llorar y esta es, con diferencia, la más cara, joder xD

Así que aquí estoy, viviendo mi verano temático Supernatural, prácticamente ausente de todas las RRSS porque, admitámoslo, ver una serie con este retardo está bien en cuanto a la duración de las maratones que te puedes pegar —y de no tener que esperar meses cada vez que muere alguien—, pero el mundo a tu alrededor se convierte en un campo plagado de spoilers que una intenta sortear sin demasiado éxito, la verdad. Además, es difícil postear sobre lo último que me tiene el corazón constreñido cuando la gente lo vio hace cinco años. Así que…  me he hecho este diario… no sé muy bien para qué xD Tengo otros blogs abandonados y no sé si, una vez pasada la compulsión que siento hoy por hoy, acabaremos igual. Pero ahora necesito, NECESITO, esto. Hablar, fangirlear, soltar tochos, teorizar.

So here I am. Hello.

Contra todas las reglas

c06

Me encanta Jack Sparrow.

Por muchas razones, y una poderosa son los matices que como actor le confiere la interpretación —insustituíble y brillante— de Johnny Depp. Pero como personaje, él siempre sabe qué hacer, sobre todo, para poner su culo a salvo. Para salir de embrollos o para perseguir sus objetivos.

Es de reacción rápida.

A lo mejor me gusta porque, en todo esto que acabo de resaltar sobre el personaje, es lo contrario a mí. Y le tengo envidia. A veces. Muchas veces. Siempre.

Jack Sparrow jamás sufriría un bloqueo como el mío. En primer lugar, porque dudo mucho que dedicara un segundo de su tiempo a los consejos de la Gente. Actúa por impulso —uno que en más de una ocasión lo mete en líos, vale; pero también sale de ellos con insultante facilidad—, sabe lo que quiere. Quiere el tesoro.

¿Qué quiero yo?

Me llueven los consejos (vale, he cometido el error de buscarlos yo, a veces. Pero ya me he dado cuenta y me he colocado el cilicio) sobre cómo hacer esto o aquello. Tengo varios sobre cómo debe ser un personaje redondo o una historia redonda (siempre desde tres o cuatro prismas, dependiendo de la opinión subjetiva de la Gente o de Expertos cuyos gustos literarios, por cierto, mantienen diferencias abismales con los míos). Cómo escribir para terminar una novela (término que yo jamás utilizo para referirme a ninguna de mis historias; en todo caso, lo he mentado con significado intencional: «algún día podría intentar escribir una novela o transformar algo de lo que tengo en una»), cómo hacer el texto menos pesado, cómo escribir sin utilizar adverbios (?). Tienes que enganchar en el primer capítulo (¡no! ¡En el primer párrafo!), tienes que eliminar la casualidad, tiene que ser creíble, tienes que equilibrar acción e introspección, tienes que hacerlo más ligero, tienes que hacerlo más profundo, no tienes que explicarlo todo, tienes que explicarlo todo (el lector no está en tu cabeza), tienes que mezclar bien la carne picada con el huevo y ponerle el sirope de chocolate justo cuando la harina esté caliente… ah, no. Que esto no va aquí.

Son consejos para convertirse (me hace gracia esta palabra, siempre pienso en un hada con una varita que convierte unas cosas en otras) en escritor.

Yo reconozco que soy un culo inquieto, pero también reconozco que hago la mayor parte de las cosas sin un objetivo definido (muy eficiente, ¿eh?). Empecé a escribir por diversión. Mucha gente me escupiría de vuelta que eso es un tópico y todos los escritores me dirían que ellos también lo hacen por lo mismo, por supuesto. Empecé a escribir por diversión, sin plantearme terminar nada y ni mucho menos, escribir una novela. Escribía por escribir y nunca quise «convertirme en escritora», signifique eso lo que signifique.

También sé que hay quien piensa que es falsa modestia (y lo sé porque me lo han dicho a la cara). Allá cada cual.

Yo era feliz subiendo cachos de historias cuya complejidad sólo conocía yo a blogs que no leía nadie (¿sorprende? No hay demasiada gente que conozca este blog y tampoco lo saco a pasear). Tengo un comportamiento curioso y es que en cuanto siento que uno de los blogs empieza a llenarse de gente, me oculto en otro… y así. Muy lógico todo. Sé de alguien que me diría que eso es porque soy una cagada y yo me reiría y le respondería que puede.

¿Y?

Disfruto mil veces más siendo una cagueta escurridiza que escribe compulsivamente trozos de historias que no tienen final en blogs vacíos, que haciéndome la valiente, saliendo a superficie a ondear mi bandera, aunque sea tímidamente, y no escribir una mierda. O, al menos, una mierda de lo que yo quiero escribir.

El mundo es de los valientes, pero mis mundos son míos y son los únicos que me interesa conquistar.

¿Qué quiero yo?

Quiero mis mundos. Mis historias. Mis personajes. Estar sola ahí.

Pase lo que pase

¿Quieres saber la diferencia entre un maestro y un principiante? Un maestro ha fallado más veces de las que el principiante jamás ha intentado.

Tengo un problema.

(Sí, éste es mi blog de las pataletas, mi blog libre, mi blog creativo, mi blog de pruebas, mi blog de paridas, mi blog. Punto).

Como decía, tengo un problema. Hace tiempo que soy consciente de  lo que hago, pero dicen que, para poner soluciones, el  primer paso es reconocerlo, por eso lo digo en voz alta.

Soy perfeccionista. Sigue leyendo “Pase lo que pase”

«Homoerótica»

Iba a empezar advirtiendo sobre el contenido de esta entrada (lo de «si no te gusta, no mires, pero no molestes» básicamente), pero imagino que con el título y la primera imagen ya habrá salido corriendo quien proceda.

«Homoerótico». Nunca lo he dicho en abierto, pero siempre me ha llamado poderosamente la atención  (por no decir que me chirría hasta el infinito) ese término a la hora de calificar cierto tipo de libros. Es como si, cuando lees la historia de una relación entre un hombre y una mujer fuera romántica, pero si es entre dos tíos fuera homoerótica, aunque en la primera haya más sexo que en la segunda. Es decir, ¿por qué la romántica entre dos tíos es homoerótica y la romántica entre chico y chica no es heteroerótica? (Si es que ya lo dicen las abuelas del pueblo: los gays son unos viciosos).

Cuando leo o escribo romántica, me importa bien poco si la relación es hetero u homosexual. Lo que me importa son los sentimientos, las emociones, la amistad, la tensión y el sexo. Eso sí, cuando oigo sandeces como las que he escuchado en los últimos días, cuando me entero de cosas como las que me han contado esta mañana, cuando huelo el asco bajo la pretensión de modernidad… me pican los dedos por escribir algo corto, homo y porno. Muy homo y muy porno, ya sabes por donde voy.

Ayssh… Si Brian estuviera aquí, lo haría mucho mejor que yo.

Pero como no está, I’ll try my best.

Y de paso, disfrutaré como una enana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aaaaahhhhhh… ¡Qué a gusto me he quedado!

¿Qué? ¿Has visto cariño? ¿Has visto amor? ¿Has visto pasión? ¿Has visto compañerismo? ¿Has visto paternidad?

Pues eso.

Y si quieres averiguar si te «pone», mejor ves la serie. Puede que no lo haga, pero eso no significa que «a las mujeres no les pongan dos tíos juntos». Esta serie nos hizo soñar a muchas y a muchos, y si nos metiéramos en porcentajes de género, es posible que te sorprendieras.