El wincest no va sobre incesto

Imagina un mundo desolador, lleno de amenazas que acechan a cada vuelta de la esquina, debajo de cada cama, cada día de tu vida. Tú has aprendido porque te han enseñado, pero la mayor parte de la gente no sabe lo que esconden las sombras. Tú sabes sobrevivir (y cómo salvar a otros) porque no tuviste una infancia normal, te criaron como a un guerrero, con un machete en una mano y un mechero en la otra cuando el resto de niños apenas sabe de qué va el mundo normal, fundiendo plata para fabricar balas, rellenando cartuchos de sal. Muy pocos saben de esto. Ningún crío, pocos adultos. Es una comunidad cerrada de por sí. Pero además, tu padre está obsesionado y os arrastra, a ti y a tu hermano, recorriendo los Estados de este a oeste, de norte a sur, persiguiendo a la cosa que se llevó a tu madre. No hay estabilidad, no hay raíces. Vas creciendo sin nadie a tu alrededor que permanezca en el tiempo, salvo tu padre y tu hermano. Y tu padre muchas veces tampoco está. Así que… sólo hay una cosa estable en tu vida: tu hermano. Sólo él entiende tus miedos, tus pesadillas, tus sueños, porque sólo con él puedes hablar claro, ser tú. Sólo él te conoce mejor que tú mismo porque vivís prácticamente uno encima del otro, compartiendo habitaciones, durmiendo en el coche. No encajas fuera de ese mundo porque nunca has tenido la oportunidad de vivir de otra forma. Porque sabes lo que esconden las sombras. Porque matas a esas cosas y cualquiera con quien te relaciones, es un blanco sencillo a quien no puedes poner en peligro. No puedes salir de ese limitado círculo porque nadie te entiende, nadie va a entender tu lenguaje. Nunca nadie va a entenderte como lo hace tu hermano. Sin palabras. Sólo con la mirada.

Y llega un momento en que lo sabes.

Con esa vida que llevas, todo lo que puedes hacer fuera de ella es ocasional, pasajero, y no importa. No puedes unirte a nadie más porque lo estás exponiendo al peligro, pero en realidad… no importa. Porque, aunque lo hicieras, ese alguien nunca te entenderá. Nunca como lo hace él. Tendrías que mentir, y mentir… y basar tu vida en una mentira. Y también llega un momento en que aceptas que eso no es lo que quieres.

Así que sólo queda él. El que siempre estuvo, el que siempre estará. Es lo único seguro en tu vida, lo único permanente, lo demás… todo va y viene. Hay amigos, compañeros de caza, pero todo es volátil, etéreo. Todo, menos él. Y te das cuenta de que no es algo que acabas de comprender; es algo que siempre ha estado ahí, latiendo al mismo ritmo que el músculo que te da la vida, firme, seguro y constante.

Es más: llega un momento en que te das cuenta de que no quieres otra cosa.

Cuando los demonios te persiguen, cuando tienes pesadillas por las noches, cuando matas sin control por una marca en tu brazo, cuando Lucifer quiere que seas su recipiente, incluso cuando os engañáis uno al otro, sois los únicos que comprendéis. Lo único que os queda. Y no importa que a veces busquéis consuelo en algún otro, o que necesitéis despejaros o que echéis un polvo con la camarera de turno. Nada de eso importa, porque siempre volvéis uno al otro.

Siempre juntos.

Es lo único que tenéis.

Lo único que importa.

Y nunca vais a cambiar.

 

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Así que, en realidad, el wincest, no va sobre incesto. Es mucho más grande, va mucho más allá del incesto. Honestamente, para mí, el hecho de que sean hermanos es lo de menos (y sé que para otr@s no es así, que el hecho de que sean hermanos puntúa, bien también). El wincest va de otra cosa, para mí. La cosa va de las barbaridades que hacen por estar uno con el otro (todos las sabemos: vender almas, ir al Infierno por propia voluntad, beber sangre de demonio, mandar la salvación del mundo a tomar viento, morir con el objetivo de contactar con las Parcas o La Muerte… todo por salvar/vengar al otro o mantenerlo a su  lado). Va sobre codependencia brutal, sobre que nunca van a permitir que nadie —nadie— más se entrometa entre ellos dos. Va sobre en lo que se convierten —miserables— cuando no están con el otro. Nunca van a tener una conexión con nadie como la que tienen entre ellos. Y esa conexión es íntima. Y hasta aquí, estoy dejando fuera el tema del sexo xD.

Sin embargo, ellos no son monjes. Y las camareras y los ligues de una noche están bien, pero la conexión, la intimidad, el conocimiento del otro no está ahí, no lo encuentran ahí.

“They do know we’re brothers, right?”

“It doesn’t seem to matter”.

(SPN, 4×18)

El caso es que, puede que el incesto no sea común, pero las vidas de Sam y Dean Winchester lo son mucho menos. Por eso encaja. Por eso lo veo factible. Porque han hecho cosas mucho más graves que mantener una relación sexual consentida entre dos adultos. En otro escenario, el incesto no suele ser plato de mi gusto. Pero en SPN encaja sin demasiado esfuerzo, está ahí. Es palpable. Y es hasta comprensible.

Aunque parezca mentira, Jensen Ackles es quien mejor lo explica:

I know they don’t (think it’s real)–it’s a hot fantasy. But I think, and you can probably help me out with this, that it might stem from their love of the two characters and how much they have invested in Sam and Dean, and there are really no characters that they want coming into that realm. I think it’s their love for these two characters, they don’t want anyone to interfere. They want it to be just the two of them, all the time, and I think that’s where it stems from. I don’t think they really think we’re gay. So I really think it’s just the fact they are left with no other option when thinking of these two characters, and of course these guys are together. Though I wish that two guys can just be heterosexual males and still have a brotherly love. But that’s why it’s called fiction!”

(«Sé que ellas no lo creen [que es real], es una fantasía sexual. Pero creo, y probablemente tú podrás echarme una mano con esto, que podría tener su raíz en el amor que sienten por los dos personajes y lo mucho que han apostado por Sam y Dean, y realmente no quieren que ningún otro personaje entre en ese reino. Pienso que es por el amor que sienten hacia esos dos personajes que no quieren que nadie interfiera. Quieren que sean sólo ellos dos, todo el tiempo, y creo que es de donde nace todo. No creo que piensen realmente que somos gays. Así que lo que de verdad pienso es que no se les ha dejado ninguna otra opción en cuanto a esos dos personajes, y por supuesto esos chicos están juntos. Aunque me gustaría que dos tíos puedan ser simplemente varones heterosexuales y aun así sentir un amor fraternal. ¡Pero por eso se le llama ficción!»)

(Fuentes:  Jensen Ackles, interview in Fandom at the Crossroads: Celebration, Shame and Fan/Producer Relationships, by Lynn Zubernis and Katherine Larsen, p. 220.  Ver aquí)

 

Os dejo más ideas al respecto:

“my favourite thing is how nobody ever denies the fact that sam and dean act like they’re a couple or like they’re in love with eachother. the response is always “but they’re brothers!” to wincest, because it’s the only reason why theres a problem with sam/dean. even dean himself says “you do know they’re brothers right?” rather than “we don’t act like we’re in love with eachother!!!1111!1!1!1”
it’s like, yeah they act and look like a couple, but they’re brothers so whatever. love it.”

(Fuente:

(Lo que más me gusta es que nadie niega el hecho de que Sam y Dean actúan como si fueran una pareja o como si estuvieran enamorados. La respuesta al wincest es siempre «¡pero son hermanos!», porque es la única razón por la hay un problema con sam/dean. Incluso el mismo Dean dice «sabes que son hermanos, ¿verdad?» en lugar de «¡¡¡Nosotros no actuamos como si estuviéramos enamorados!!!» Es como, síp, ellos actúan como y parecen una pareja, pero son hermanos, así que lo que sea. Me encanta.)

Y también (en inglés):

 

Por último, y esto lo voy a poner en negrita y de colores xD, me gustaría decir que no he escrito este post por justificarme de alguna manera por shippear wincest. Nop. De ninguna forma. Ni de coña. Estoy muy orgullosa de mis chicos y de cómo se relacionan en mi mente y de poder ser testigo de su codependencia en la pantalla. En realidad, he escrito esto para l@s que estáis en el borde del precipicio; para aquellos que lo veis claro prístino, pero no os atrevéis a caer… Es una mano tendida para que déis el paso. Aquí, al otro lado, hay tierra firme. Y es el puto paraíso.

 

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Too much perfection is a mistake

Bueno. Al parecer, he llegado al límite. (O sea, éste va a ser un post de desahogo xD).

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[“A veces me pongo triste porque recuerdo que Cas y Sam son ambos miembros portadores del carné del club «Dean me dijo que no hiciera algo pero lo hice de todas formas y me cargué el mundo».

Quieres decir co-fundadores”]

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Esperad, que vomito y vuelvo.

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Desde el mismo día que puse el pie en el fandom de SPN llevo encontrándome con esto, esta idea, expresado de una u otra forma, uuuuuuna y otra vez. Los comentarios a esta imagen allí donde la encontré eran dignos de hacerte rodar los ojos hasta el dolor. Que si claro, por eso Dean es el favorito de Dios (y de Bobby!, señalaba otra), que si es cierto: Dean siempre tiene razón, ha intentado pararlos a ambos y no le escucharon (éste, con un montón de likes), etc. Un comentario (UNO de una hereje allí) apuntaba que, venga, va, Dean no es inocente de cometer errores. Pobrecita, seguro que murió en la hoguera por meterse con San Dean, patrón de las buenas acciones, de la sabiduría infinita y de los descarriados (como Sam).

En su descargo diré que era una página sobre Jensen Ackles, pero aun así: ¿cómo se puede tener tan poca autocrítica? xD

Yo adoro a Dean, pero lo adoro con sus taras y sus errores. Es más, son este tipo de cosas las que me hacen recular, porque los personajes perfectos, los que tienen siempre la razón, los que son siempre el bueno de la película, suelen producirme ardor de estómago. Y a Dean se empeñan en presentármelo así (quizá la serie en sí tenga también algo que ver, no lo niego).

Ojo, me ocurre lo mismo cuando se trata de Sam: cierto sector de sus fans se obstina en resaltar la bondad de todos sus actos, en justificar todas sus decisiones hasta canonizarlo. Por dios. Sam, con todo lo que yo lo quiero, ha metido la pata más veces de las que podemos contar las personas con nuestros dedos. Pero no, «cada vez que Sam ha hecho algo mal ha sido pensando que hacía algo bien». Por dios, por dios.

Sam comete errores en su afán de tener a su hermano consigo, y Dean, tres cuartos de lo mismo.

Sam y Dean Winchester no dejan de ser dos humanos que toman decisiones en situaciones límite. Es más, encuentro muy cuestionable (controvertido xD) su sistema de valores y, además, son unos tarados emocionales. No es culpa suya: se criaron así. La mayor parte de las veces, lo que prima en sus decisiones y sus actos es su propio egocentrismo (sobre todo en las primeras temporadas), por mucho que ellos se lo disfracen —incluso para sí mismos— de un «bien mayor». Con ellos, todo siempre tiene un matiz personal. De modo que, para mí, Sam y Dean se han equivocado (en el sentido de meter la pata, de cagarla hasta el fondo) en la misma y exacta proporción.

Si canonizan a Dean frente a Sam, lo más probable es que saque a relucir todos sus grandes éxitos (los de Dean); y si canonizan a Sam, haré lo mismo con los suyos. O se puede entender al reves: si se meten con Sam (siempre en contraposición con Dean), argumentaré y lo defenderé a muerte, exactamente de la misma forma que si se meten con Dean (en contraposición con Sam). Los Winchester están llenos de  grises y algo que muestra la serie —y que personalmente aprecio— es que, a veces, una acción buena desde una parte puede ser percibida como mala (o no tan buena) por el otro. ¡Anda! Tal y como ocurre en la vida real.

Yo quiero a los chicos por todo lo que hacen mal (por las razones que les llevan a hacerlo, más bien).

 

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P.S. Sorry por el rollo, tenía que vomitarlo xDD. Os dejo una recompensa: 

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Todo o nada (Flying Dragons)

Hace más de un año que este par, esta historia, me ronda en la cabeza (es una manera formal de decirlo, en realidad, cuando se ponen, son unos plastas). La cosa es así: escribo cuando me da un siroco. Si me apetece, escribo aquí, y si no, allá. Y si no, empiezo algo nuevo —seguro que algún dios de la escritura me castiga algún día por esto—.

El caso es que ellos no me han abandonado en todo este tiempo y, estos días que estoy tragándome tanto #zude (que me recuerdan en cierto modo a mis chicos), este mes que es el #pride, todo me grita Marc y Daniel. Recuerdo que les hice una promesa. Tuve una conversación con Marc hace mucho tiempo y estos días he vuelto a ella. Vosotr@s no le conocéis, pero es… convincente. Te mira a los ojos en silencio hasta que no puedes hacer otra cosa que ceder. Ceder a lo que sea que que esté pidiendo. Yo soy muy cabezota, he tardado más de un año, pero hoy le he dicho que… vale.

Así que, aunque todo indique que soy incapaz de terminar una historia como dios manda xD, nada impide que hable de ellos (de hecho, si no lo hago, se quedarán para siempre en el armario, lo sé. Y es lo que él no quiere).

Marc Miller no tiene demasiadas preocupaciones: trabaja como reportero bélico, lo que le permite no dejar de moverse nunca, y no está atado a nada ni a nadie. Es un estilo de vida que le gusta, que él ha elegido. Sin embargo, surge un pequeño inconveniente en su agencia y se ve obligado a cambiar de trabajo. De repente, su vida es más estable y su hermana, con quien mantiene una muy buena relación a distancia, quiere que vivan juntos de nuevo. Quizá haya llegado el momento de dejar de correr y no se le ocurre nadie mejor con quien intentarlo. Si algo malo sucede, Sonia entenderá. Pero en su nuevo empleo conoce a Daniel, el cantante de los Flying Dragons, e inmediatamente siente una corriente que le atrae hacia él.

Daniel «Dragon» tiene muy claro su objetivo en la vida: la música. Quitando a su familia, no hay nada que no sacrificaría para seguir haciendo lo único que le gusta y en lo que sabe que es bueno. De modo que, si tiene que arrastrarse de continente en continente, sonreír a las cámaras y firmar autógrafos en lugares del cuerpo de gente extraña que preferiría no haber visto, lo hará. Es un precio que siempre ha considerado pequeño por vivir de la música. Hasta que Marc Miller aparece como un huracán en su mapa, cambiando la ruta.

Lo que empieza como una amistad inocente entre cantante y periodista se va tranformando sin que ellos puedan controlarlo. En la mesa se exponen sus carreras, sus corazones. Al final, ambos tendrán que decidir, arriesgar. Es Todo o nada.

Todo o nada

 

Pain

Este fin de semana ha habido explosión nuclear en mi cabeza; no ha sido al azar, siempre que mezclo ciertos ingredientes consigo idas de olla del estilo xD

Llevaba tiempo dándole vueltas al tema de cómo podría haber sido la primera vez de Sam y Dean, en el marco del wincest, y las únicas conclusiones a las que llegaba eran que bien había ocurrido por accidente, o bien en alguna situación límite (dolor, cercanía a la muerte, sacrificio… estas cosas que hacen nuestros chicos). Lo que ha salido es una mezcla de ambas, accidente y dolor (diría que mucho dolor xD. Lo siento de antemano por eso). La acción parte de una escena muy concreta de la serie, una que siempre me ha parecido maestra por la cantidad de información que da de los dos con tan pocas palabras. Dejo el fic y el vídeo de la escena en cuestión.

Los personajes ni nada de la serie me pertenecen (I wish!).

Avisos: spoilers hasta el 2×02; wincest (slash, sexo entre dos tíos, sexo entre hermanos); también aviso de que no es bonito, más bien todo lo contrario.


Pain

Sam se dio la vuelta y juró con rabia, mientras comenzaba a alejarse de allí. Las lágrimas que a duras penas había contenido antes empezaron a resbalar por su mejilla y se las limpió de un manotazo, apretando el paso hacia la casa de Bobby. Necesitaba beber algo para hacer bajar la pelota que tenía en la garganta. De repente, necesitaba estar solo. Su hermano tenía razón. Tenía que empezar a ser más práctico; centrarse en las cosas que tenían solución. Ignorar las demás.

Joder, estaban a un abismo de distancia.

Respiró hondo cuando llegó a la cocina y fue hasta la pila para llenarse un vaso de agua. Aquella especie de antro con encanto donde habían pasado temporadas de su infancia siempre le había parecido acogedor en un cierto y retorcido sentido, pero en ese momento Sam sólo quería escapar de su propia piel. Algo le escarbaba la carne y si lo dejaba avanzar terminaría dejándolo vacío. Dos días intentando recuperar lo que una vez despreció; demasiado tarde. Dos días pretendiendo ser lo que debería haber sido desde el principio. Un buen cazador. Cumpliendo como un soldadito y pensando que así borraría el reguero de lava que la culpabilidad sellaba en él.

Dos días intentando conseguir algo, rogando por una migaja de Dean.

Dos días de silencio.

«Me siento culpable como el demonio».

Dos días desde que habían quemado a su padre, un funeral de cazador.

Acababa de soltar toda su mierda sobre su hermano, una explosión controlada. A baja presión. Dean le había escuchado, pero desde que había puesto sus ojos sobre él había tenido la certeza de que tampoco iba a conseguir nada así. «Yo estoy mal. Pero tú, también». Apretó los puños, conteniendo de nuevo la rabia, el dolor, hasta que pensó que el vaso se haría trizas en su mano.

Entonces escuchó el primer estallido. Un golpe seco, un cristal haciéndose añicos. Soltó el vaso e instintivamente buscó un arma. Luego siguieron los golpes. Metal contra metal.

Y después, los gruñidos.

Y antes de asomarse a la ventana lo supo. Había presionado demasiado.

Dean se deshacía a golpes contra su coche. El mismo que había estado reparando minuciosamente, en el que se había refugiado, recibía ahora toda su ira y su frustración. Los alaridos de un animal herido como banda sonora. Sam permaneció como una estaca, absorbiendo cada hebra de los sentimientos de su hermano, sólo el movimiento de su pecho que subía y bajaba con respiraciones ásperas, cada vez más deprisa. Cuando Dean pareció quedarse sin fuerzas, soltó la vara de hierro y ésta cayó al suelo como si fuera plomo. Le daba la espalda, pero Sam sabía que estaban respirando al mismo tiempo. Atrapados en la misma tela de araña. Después Dean se llevó los talones de sus manos a los ojos y Sam maldijo. Maldijo en voz baja y dura. A las estrellas, a Ojos Amarillos, al Universo.

Y a Dean.

Maldito fuera por dejarlo fuera. Por dejarlo solo. Maldito por no mirarle, por no verle, por no querer…

La puerta se abrió de par en par, golpeando la pared con fuerza, y Dean entró como si fuera un huracán en la habitación, los puños apretados a cada lado, el ceño fruncido, los ojos rojos, directo hacia él. Lo cogió de la pechera antes de que Sam pudiera siquiera pensar y lo llevó hacia atrás con toda su fuerza bruta, estampando su espalda contra la pared. El golpe resonó con potencia y algo se rompió en el interior de su pecho, enviando ecos como oleadas a cada extremo de su cuerpo, la energía crepitando, crispando sus nervios. Sus rostros estaban muy cerca, sus pechos casi se tocaban con cada respiración. Los ojos de Dean se abrieron, el ceño fruncido, y Sam se percató de que más lágrimas estaban quemando sus mejillas y ni siquiera se había dado cuenta. Las manos de su hermano se retorcieron sobre su camiseta y volvió a golpearlo contra la pared en un mensaje que quizá ninguno de los dos comprendía; y no importaba.

La caja de Pandora se abrió con ese segundo golpe.

Probablemente Dean venía buscando pelea. Ese fue el fugaz pensamiento que cruzó su mente antes de lanzarse hacia adelante como un tren de carga, con toda la impotencia y la ira que había ido acumulando y que por fin habían explotado en su pecho. Con todo lo que era aterrizó en los labios de Dean para beber de él aunque acabara envenenado. Besó y luego mordió y Dean retorció aún más la tela entre sus dedos, antes de soltarla y cogerle a cada lado de la mandíbula, exigiéndole con su boca. El sabor de la sangre impregnó sus lenguas mientras se besaban con las bocas abiertas, sin ningún tipo de contención, en la jodida cocina de Bobby. El silencio absorbía cada respiración rasgada y mientras Sam se ponía duro como el acero sabía que habría un precio, que los dos pagarían por aquello, pero mierda si podía parar ahora que tenía a Dean consigo. Ahora que cada jadeo roto que surgía de su garganta le golpeaba dentro, terminando de quebrarlo. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Sus manos se colaron bajo la camiseta de Dean y el estómago de éste onduló ante el contacto; sus dedos recorrían piel ardiendo sobre músculos que se tensaban a su paso. Solo quería estar cerca, más cerca. El pulso de Dean era como la carrera de un pura sangre desbocado y por alguna razón, sentir aquello le hizo detenerse. Empujó a la mole de su hermano. Se estaban haciendo daño.

—Dean… —Una brizna de cordura.

Dolía. Las manos tocaban y agarraban con fuerza, empujaban y atraían. Dean lo estampó de nuevo contra la pared, una vez. Y otra vez, más fuerte. Y cuando Sam hizo una mueca de dolor, Dean pasó sus pulgares secando sus mejillas como una pluma; luego se pegó a su boca, todo labios y lengua, un camino de fuego por su mandíbula, por su cuello hasta el lugar donde el pulso latía trastornado. La polla de Sam se sacudió en sus pantalones y ahogó un rugido contra el hombro de Dean mientras las caderas de los dos se movían erráticamente, bragueta contra bragueta. «¿Esto es lo que hace falta, Dean?» Mordió sobre la tela polvorienta hasta que escuchó a su hermano quejarse y luego soltó y volvió a buscar su boca. Sus manos fueron directas e hizo saltar la abotonadura de un tirón. Las caderas de Dean se hicieron hacia adelante.

—¿Esto es? ¿Es esto lo que querías, Sam? Joder…

Sam lo empujó de repente, intercambiando posiciones y estampó el puño contra la pared, enrabietado, excitado, furioso.

Bajó la cabeza hasta la de su hermano. Muy cerca, la respiración errática.

—Cállat…

No terminó la palabra, Dean le cortó, besándole como si estuviera castigándolo de algún modo y a Sam le ardía la boca y le ardía el pecho. Le ardía la polla. Al segundo siguiente estaba masturbando a su hermano, echándole en cara lo que él también quería. Si Dean lo quería sin palabras, sin palabras. Porque estaba tan duro como Sam, porque la punta de su polla estaba mojada. Porque en esos momentos tenía la cabeza echada hacia atrás y los ojos y la boca apretados como si no pudiera soportarlo. Y Sam sentía que sí, que eso era mejor que nada, mejor que sentirse solo cuando tu padre ha muerto, mejor que hacer el idiota pretendiendo que lo tienes superado. Mejor que sentir que te arrancan la piel a tiras cuando tu hermano grita de dolor mientras destroza el maletero del coche a golpes. Dean bajó la cabeza y le besó mientras metía la mano en su bragueta y luego echaba las caderas hacia adelante, buscando el roce. Y era bueno, ardía y dolía y era bueno perderse en ese daño que iba creciendo hacia el placer. Sam también estaba mojado y todo estaba mal, pero al menos Dean estaba allí, mirando directamente el dolor en su mirada, las lágrimas contenidas.

Sammy…

Sam le dio la vuelta. Lo intentó, y Dean lo miró con el ceño fruncido, y Sam esperó respirando en su cuello, controlando todo lo que pujaba por salir. Apretó los dientes, conteniendo, sólo esperó en un instante que se estiraba en el tiempo. Maldijo, sin soltar la mano que apoyaba en el hombro de Dean y éste también maldijo cuando sintió la presión.

Dean se dio la vuelta y Sam no sabía lo que hacía. Todo detonó, se volvió rápido y explosivo. El primer gemido que Dean le dejó escuchar cuando pegó su polla a su culo y, diosss, el deseo en oleadas que partían de ellos ocupándolo todo, retroalimentándolos. El epicentro de aquel puto terremoto. Una simbiosis perfecta, la mentira de una realidad alternativa. Dean jadeaba con fuerza, su cuerpo de guerrero quemándole el pecho, las ingles, mientras se apuntalaba contra la pared y Sam perdía sus manos sobre sus músculos. La polla le palpitaba encajada entre los glúteos de Dean y buscó la de su hermano, mientras respiraba como un animal agónico contra su espalda, besando su nuca, mordiendo su hombro, arrancando gemidos de Dean con cada pasada sobre su sexo grueso. Y él empujó sus caderas contra su mano, su culo contra su sexo, masturbándolo, y Sam creyó que iba a volverse loco. La siguiente vez que Dean se movió contra él, Sam apoyó la mano contra la pared, junto a la de su hermano, y entró en él de una sola embestida, lenta, larga, profunda. Los dientes apretados, el placer desbordando en vaso, la respiración contenida. El gruñido de Dean le llegó distorsionado, lejano. Se retiró y entró de nuevo, adicto a la sensación, sumergido en el mar. Y volvió a hacerlo con fuerza, rápido, eficaz, todos los sentidos embotados, buscando aquella analgesia, guiándose por la rabia y por el placer. Sam se perdió en aquello, absorbiendo el placer, lamiendo a su hermano, amarrándose a él, los ojos cerrados y húmedos, todo el cuerpo en tensión, mientras escalaba la cima mezclando jadeos y sollozos, y cuando estaba a punto de conseguir la cumbre, el sonido se coló velado en su cerebro…

—¡¡Sam!! ¡¡¡Saaaaammmm!!!

Abrió los ojos, frenó en seco. Estaba fuera de sí, el aire quemándole los pulmones, palpitando como un loco rodeado de fuego.

«Te he dicho que no estaba bien. En absoluto.»

Dean jadeaba y soltó un quejido. Sam lo acarició, besó su nuca mientras movía su mano sobre su sexo, acarició la punta y volvió a bajar, esparciendo la humedad. No sabía qué más hacer y cuando sollozó un «lo siento» cerca de su oído sin dejar de tocarlo, Dean se contrajo con fuerza, dentro de su mano, alrededor de su polla. Sam sintió cada pulso con dolorosa precisión mientras lo acariciaba e intentó no perder el ritmo cuando empezó a correrse él también. Se movió dentro de Dean, empujando su polla todo lo profundo que podía y siguió acariciándolo como pudo, mezclando el placer y el dolor en una ponzoña analgésica, mientras su hermano los sujetaba a los dos.

El blanco cegador fue remitiendo poco a poco. Sam abrió los ojos con dolorosa conciencia. Lo primero que registró fue que la camiseta de Dean estaba mojada por sus lágrimas. Tenían la respiración completamente desacompasada ambos y ese sonido rajaba el silencio de aquella vieja cocina. Dean seguía apoyándose con una mano en una pared cuyo blanco se había roto hacía tiempo, la otra mano aguantando la postura sobre una de sus rodillas. Los pantalones de ambos en los tobillos, rozando el suelo. Como el ánimo de Sam. Y apostaba a que el de Dean. Apoyó una mano sobre la espalda de su hermano y salió de él, despacio. Dean soltó el aire, pero no emitió ningún otro sonido. En el mismo movimiento con el que se incorporaba, se subió los vaqueros y Sam le imitó. La cara le ardía y los ojos le picaban. Dean fue hasta la bancada de la cocina sin abrir la boca, cogió el rollo de papel secante y se puso a limpiar el desaguisado con la misma eficacia y dedicación que había empleado en arreglar el Impala.

Cuyo maletero había destrozado después por su culpa.

Sam cogió un paño y lo mojó en la pila. Cuando su hermano terminó de recoger el pringue blanco, Sam limpió la superficie y el suelo. Ocuparse de las cosas que tienen solución.

Y nunca hablar de lo ocurrido.

Dean abandonó la cocina sin una palabra. Ni una mirada desde que habían terminado de joder como dos posesos. Y cuando estuvo solo, Sam golpeó la pared con todas sus fuerzas. Dejó una marca carmesí en el blanco y los nudillos le crujieron, pero podía seguir moviendo la mano, así que descargó de nuevo. Y otra vez. Miró la mancha y recogió el paño húmedo.

Cuando terminó, se llevó el trapo consigo para quemarlo.

Minutos más tarde, Sam se miraba en el espejo del aseo, con el puño contra la boca. Quería llorar. Maldito fuera. Más lágrimas haciendo brillar sus ojos hinchados y rodeados de cortes. Logró contenerlas, hacerlas retroceder. Se las tragó. Las hizo desaparecer y volvió a mirarse. No había orgullo por la hazaña.

Un segundo después estaba vomitando en el retrete lo poco que había comido en las últimas veinticuatro horas. Al siguiente, estaba bajo el chorro de la ducha. Los sonidos se mezclaban en su cabeza. Los golpes metálicos y los alaridos de Dean; Dean gritándole porque había perdido el maldito juicio mientras se enterraba en su culo como un salvaje. Dean gimiendo su nombre mientras se corría en voz tan baja, «Sammy, Sammy…», que seguramente pensaría que no le había oído.

Mientras dejaba que el líquido se lo llevara todo, se prometió no volver a presionarle. Nunca. Se prometió no volver a romper ninguna de las reglas de los Winchesters.

Y allí, en la ducha, podía llorar porque todo era agua.

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Dean pasó de largo por al lado del Impala, directo al garaje de Bobby y se escondió allí hasta que la luz de la tarde cayó y luego se extinguió. Permaneció a oscuras, primero moviéndose como un tigre enjaulado, con la cara anegada de lágrimas y maldiciendo en voz tan baja que aquello no le procuraba ninguna retribución.

Era un puto desastre.

Eso lo sabía. Sabía que no estaba llevando bien la muerte de su padre. Sabía que cada palabra que su hermano le había echado en la cara durante los dos últimos días era cierta, pero con un Sam igual de mentiroso que él podía sobrellevarlo. Podían dedicarse a decirse mentiras uno al otro y a encararse mientras pasaban las horas, los días. Mientras se alejaban de aquella hoguera donde John Winchester había desaparecido para siempre.

Pero no.

Maldito seas, Sam.

Sam se había presentado ante él con toda su verdad desnuda. Con todos sus pecados y sintiéndose como un jodido estercolero, la voz rota, los ojos vidriosos. Rogando por algo que esa vez no sabía si podría darle.

Dean nunca había visto esa necesidad en su mirada. Y él era quien le cuidaba. Siempre. La voz con la que Sam le había hablado todavía resonaba en su piel, las pocas palabras que había dicho, reconociendo que se sentía culpable, que lo que estaba haciendo ahora era poco y llegaba demasiado tarde… «Sam. Sammy, es más fácil huir.»

¿Cómo podía haberle fallado tan estrepitosamente en eso?

Ah, sí. Claro. Porque se perdió la clase de cómo lidiar con las emociones de los Winchester. En lugar de eso, acudió a la clase de cómo follarte a tu hermano. O dejarte follar. Lo que sea.

Todo. Todo aquello mientras no podía pensar. Su padre muerto. Por su culpa, sospechaba. Y el grito. El puto grito en su cabeza. «Cuida de él. Y si no puedes salvarlo…»

Estrelló la bota contra una pila de cajas de madera en las que a saber qué guardaba Bobby. Probablemente, ingredientes para mil hechizos. Y cuando cayeron con estruendo al suelo, siguió pateándolas. Como con el maldito Impala. Qué importaba ya nada…

Muchas horas después entraba en la casa más agotado que nunca. Hacía rato que había escuchado la camioneta de Bobby y esperaba, por todos los dioses, que no estuviera todavía despierto. Se coló sin encender las luces, con el mayor sigilo de que era capaz. ¿Y desde cuándo tenía él suerte?

—Pensaba que no ibas a volver esta noche. ¿Dónde estabas?

Resopló.

—¿Ahora tengo toque de queda, Bobby?

El hombre le miró un instante, probablemente acusando sus ojeras, su ojos hinchados. Probablemente comprendiendo que estaba de luto. Recordando que todos los estaban.

—No. Sólo estaba preocupado.

—Sé cuidarme.

—Lo sé.

Dudó antes de preguntar.

—¿Y Sam?

—Durmiendo, supongo. Se ha acostado hace rato. Ese chico está exhausto. —Le pasó el escáner, de arriba a abajo—. Y tú deberías hacer lo mismo. Unos días libres no os harán mal.

Dean negó.

—Necesito trabajar.

—¿Qué le ha pasado al Impala?

—Me volví loco.

Bajo la gorra, Bobby asintió.

—Mañana necesitaré ayuda. Hay un caso, un zombie que tengo identificado, pero nadie sabe dónde fue enterrado, dónde está su ataúd.

—Me tienes.

—Saldremos temprano.

—Vale.

Se dio una ducha rápida y fue a la habitación en la que se estaban quedando Sam y él. Esperaba de corazón que no estuviera despierto, pero si lo estaba, ahora podía enfrentarse a aquello mejor que hacía unas horas. Su hermano estaba durmiendo boca abajo sobre su catre, ocupando prácticamente toda la superficie del mismo. Era enorme pero su cara, con el pelo demasiado largo y revuelto sobre la frente, parecía la de un niño. Un niño perdido, como esa tarde. Un crío con un ojo amoratado y la piel cubierta de cortes. Apenas se le oía respirar y eso daba fe de que estaba tan exhausto como él.

Dean se pasó las manos por la cara.

Ahora que Sam no le miraba con esos ojos que parecían saberlo todo se podía permitir pensarlo. Recordar aquella noche de Cuatro de Julio sin fuegos artificiales, pero con whisky. Aquella noche, perdida  en el tiempo, Dean se había hecho promesas. Desde aquella noche no había vuelto a probar los labios de Sam. No hasta hoy. Y hoy había sido mucho, mucho… mucho peor. Parecía como si hubiera tenido que desaparecer su padre del mapa para que se abrieran las compuertas.

Y Dean quería pedir perdón.

Quería pedirle perdón a John Winchester, porque sentado allí en silencio y en penumbra supo que no iba a hacerlo. De ninguna manera. No importaba lo que ocurriera o cómo se sucedieran los acontecimientos, no iba a matar a Sam.

Antes se moriría él mismo.

Mary

Me gusta el personaje de Mary.

No me gusta que hayan traído de vuelta a Mary.

Me gusta Mary como la madre cariñosa que Dean recuerda, como la madre que Sam debería querer pero que en realidad no conoce.

Me gusta la Mary que fue una badass como cazadora, pero que dejó ese mundo para formar una familia y criar a sus hijos. Me gusta pensar en ella como esa persona que probablemente odiaba la caza; como esa madre que seguramente habría odiado que sus hijos hubieran sido criados en ese mundo huraño. Me gusta que todo ello quede en el imaginario (no necesitaba una confirmación).

Me gusta Mary como el motor que lo inició todo. Como ese ente casi supernatural e idealizado que los chicos tienen siempre en sus corazones.

¿De quién ha sido la feliz idea de traerla de vuelta? ¿Qué van a hacer ahora con ella? ¿Y qué van a hacer los chicos con ella?

The dark inside me

Hace mucho que no escribo. O, al menos, que no escribo como me gustaría. Es decir, estoy oxidada del copón. Aun así, estos me salen por los poros. Mal o bien. Hay doscientos millones de ideas rebotando en mi cabeza y no puedo sacarlas conforme aparecen —ojalá—, porque me dedico a… ver serie xD Esta en concreto es muy muy corta, es de cuando los chicos se reencuentran después de Stanford y la escribí en ese entonces (es decir, no tenía ni idea de la que iba a caer luego).

Edito (14/10/2016): siempre he jugado en mi mente con la idea de que Sam nunca se ha sentido del todo limpio, que incluso cuando todavía no sabía nada al respecto, sentía la sangre de demonio en su interior (ese pulso oscuro). Tengo que reconocer que cuando Sam lo admite al final de la temporada 8… fue… fue…, bueno, algun@s lo entenderéis. #Chute xD


The dark inside me

Tres días después…

—Eh, Sam, nos vamos.

Sam, sentado sobre el borde de la cama de uno de esos moteles que no pisaba desde que se separaron. La pesadilla serpenteaba como una culebra todavía en él, pero Dean salía del aseo ya vestido y no se había percatado de su triunfal despertar. Sólo lo había visto allí, sentado sobre la colcha desgastada ya con los ojos abiertos. No le pasaba desapercibido que le había dejado dormir. Llevaba tres días haciéndolo, desde que habían abandonado Standford. También sabía que Dean estaba al tanto de sus pesadillas aunque no dijera nada. Una noche se había despertado a mitad de noche con él en su cama. Por la mañana su hermano ya se había levantado y no había mencionado el tema. Mejor. Sam no quería hablar de eso. No importaba que Dean pensara que durmiendo estaba mejor que despierto cuando era exactamente al revés.

—Dame dos minutos. —Su voz salió pastosa.

—Claro.

Suponía que tenían marcado el rumbo de ese día, otra muerte, otro esperpento; Dean se puso a recargar las recortadas mecánicamente sobre el aparador, con una familiaridad que ahora le ponía los pelos de punta. Se encerró en el baño y se echó un puñado de agua helada a la cara. El espejo desvencijado de la pared le devolvió su realidad. Sam nunca había sido un universitario más, un chico normal cuya mayor preocupación era sacar la mejor nota para convertirse en un abogado ejemplar. Nadie que lo conociera de verdad se habría creído ese cuento ni siquiera en el tiempo en que sus ojos brillaban. Los ojos del espejo estaban vacíos. Él se había creído ese cuento. Incluso cuando había estado tan asustado por las pesadillas sobre Jess. Con la luz del día, había sonreído y había renegado.

Y aquí estaban, una vez más.

Sam miraba a ese tipo del espejo haciendo su mejor esfuerzo por controlar el avance de la bilis y aquel se la devolvía con la determinación gravitando en el vacío de sus ojos. Resignado. Decidido. Inspiró una vez más para aplacar los vestigios de la pesadilla y devolver un ritmo normal al latido de su corazón; para lanzar al estercolero los restos que permanecían en él como despojos de su intento de vida feliz. El pulso, uno mucho más profundo y poderoso que el de su sangre. Familiar. Uno que había conseguido ignorar en algún momento de los últimos cuatro años. Uno que comenzaba en su pecho, pero no terminaba ahí como el de su corazón. El pulso negro y lento que reverberaba, pesado, hasta tocar la última fibra de su ser, seguía allí mismo. Dándole la fuerza. Siempre. Era su centro. Ese pulso negro… era él.

Dos golpes en la madera de la puerta y la voz de Dean rompiendo el pensamiento.

—Sam, deja las guarrerías para después. Tenemos que irnos.

Se tiró otro puñado de agua fría a la cara. Y otro. La voz de su hermano tiró de él. «No estás solo, Sammy».

Supernaturalizada y slash-fan

“There are Sam-girls and Dean-girls and… what’s a slash fan?”

“As in… Sam-slash-Dean. Together”.

“Like… together together?”

Yeah“.

“They do know we’re brothers, right?”

“It doesn’t seem to matter”.

“Oh, c’mon. That… that’s just sick”.

(SPN, 4×18)

Había oído hablar de Supernatural y un día alguien me dijo que era urgente que la viera.

Llevo poco tiempo —demasiado poco, en realidad, si tengo en cuenta que llevo casi cien episodios a las espaldas (eso debería significar MESES)— y estoy completamente e irrevocablemente supernaturalizada. Soy una Sam-girl, pero por encima de todo, una slash-fan (por utilizar los términos de Dean). Tengo que reconocer que llevaba algún año siguiendo a Jensen sin ver la serie y todo lo que no fuera él ni siquiera llamaba mi atención. Puede que fuera por eso, porque a Dean ya lo traía puesto de casa, porque cuando empecé, quien me puso de rodillas fue Sam. Oh, Sam, Sammy, Sam… Ni siquiera puedo empezar a explicarlo. Quizá sea por cómo suena su nombre en boca de Dean, quizá porque es un tío listo y muy alto, quizá porque me gusta ver al chico bueno matando… No sé. No lo sé. Y tampoco pretendo buscarme una explicación racional, porque soy mayorcita y me conozco y sé que cuando me dan estos aires, de racional hay menos que nada. Así que, aceptémoslo, yo esperaba mucho Dean, pero fue Sam quien me cogió de la mano y me llevó a través de los capítulos y he sufrido como una miserable. Yo no lloro. Tengo en alta estima las dos o tres cosas que me han hecho llorar y esta es, con diferencia, la más cara, joder xD

Así que aquí estoy, viviendo mi verano temático Supernatural, prácticamente ausente de todas las RRSS porque, admitámoslo, ver una serie con este retardo está bien en cuanto a la duración de las maratones que te puedes pegar —y de no tener que esperar meses cada vez que muere alguien—, pero el mundo a tu alrededor se convierte en un campo plagado de spoilers que una intenta sortear sin demasiado éxito, la verdad. Además, es difícil postear sobre lo último que me tiene el corazón constreñido cuando la gente lo vio hace cinco años. Así que…  me he hecho este diario… no sé muy bien para qué xD Tengo otros blogs abandonados y no sé si, una vez pasada la compulsión que siento hoy por hoy, acabaremos igual. Pero ahora necesito, NECESITO, esto. Hablar, fangirlear, soltar tochos, teorizar.

So here I am. Hello.